Hoy, los acontecimientos más relevantes proceden de la Federación de Rusia.
En los círculos de poder del Kremlin prima un clima de pánico ante las implicaciones del desenlace del conflicto. Según filtraciones procedentes de su entorno inmediato, Vladímir Putin contempla con profundo temor la posibilidad de que un cese de las hostilidades en el marco del statu quo actual desencadene su captura y ejecución, dado que ello consagraría una de las derrotas militares más catastróficas de la historia rusa en siglos. En lugar de articular una estrategia de salida, el Mando Supremo ruso parece volcado en asegurar al menos un objetivo operacional de alcance mínimo: la ocupación total de la óblast de Donetsk. Para la jefatura del Estado, concluir la guerra sin alcanzar esta meta elemental conllevaría gravísimas repercusiones políticas y personales. Esta inquietud se apoya en precedentes históricos incontestables, por cuanto tanto el Imperio Ruso como la Unión Soviética colapsaron tras el fracaso de campañas militares en el exterior, destacando la Primera Guerra Mundial y la contienda de Afganistán.

Por esta razón, la conducción estratégica rusa ha ordenado a sus fuerzas alcanzar los límites administrativos de las regiones de Donetsk y Lugansk no más tarde del 31 de diciembre. No obstante, los mandos del teatro de operaciones consideran irrealizable dicho plazo, por lo que han solicitado formalmente posponerlo hasta el 31 de marzo. Se trata de la decimoquinta fecha límite fijada por Moscú para materializar sus ambiciones territoriales en el Dombás, lo cual pone de manifiesto la severa discrepancia entre los imperativos del Kremlin y la realidad operativa de sus fuerzas.

Considerando el ritmo de avance registrado a lo largo de los últimos tres años, la toma del territorio restante del Dombás requerirá al menos entre dos y tres años adicionales. Incluso si las unidades rusas lograran someter los núcleos urbanos fuertemente fortificados de Sloviansk y Kramatorsk, se toparían con múltiples líneas defensivas modernizadas y dispuestas en profundidad, diseñadas específicamente para desgastar y frenar el avance de las fuerzas atacantes.
Asimismo, Ucrania ha reajustado su postura defensiva en respuesta a la concentración de recursos rusos en el sector del Dombás. Círculos analíticos rusos observan con preocupación los cambios de calado en la cúpula militar ucraniana, entre los que destaca la sustitución del comandante en jefe Oleksandr Syrsky por Mykhailo Drapatyi, cuya trayectoria abarca desde la tropa hasta el generalato, así como la asunción de Evgeniy Khamara como ministro de Defensa.

Al mismo tiempo, la línea del frente bajo control ucraniano en la región de Donetsk se ha reorganizado en dos agrupaciones operacionales principales. La agrupación del norte del Dombás, compuesta por diversos cuerpos de ejército y unidades de apoyo, ha quedado bajo la dirección de Andriy Biletsky, comandante del 3.er Cuerpo de Ejército. Por su parte, la agrupación del sur del Dombás, integrada asimismo por múltiples cuerpos y unidades adscritas, está a cargo del comandante del Cuerpo de la Guardia Nacional Azov, Denys Prokopenko. Biletsky y Prokopenko figuran entre los mandos de mayor solera operativa en Ucrania, habiendo forjado sus carreras en el seno de las estructuras de Azov. Su progresión abarca desde el mando de brigadas de aproximadamente cuatro mil efectivos hasta la conducción de cuerpos de ejército de unos veinte mil hombres, ejerciendo en la actualidad el mando de agrupaciones multicuerpo de entre cuarenta mil y sesenta mil combatientes cada una.

Estas formaciones han sido desplegadas en el sector estratégicamente más crítico de la contienda, donde se prevé que Rusia concentre la mayor parte de sus capacidades ofensivas remanentes. Su cometido operacional consiste en la defensa de los bastiones urbanos de Sloviansk y Kramatorsk, así como en la consolidación de los nuevos escalones defensivos trazados a lo largo del Dombás. El alcance de esta reestructuración ya genera notable inquietud entre los analistas militares rusos, quienes sostienen que la probabilidad de lograr una ruptura frente a estas posiciones reinforced es mínima. En su lugar, temen que las agrupaciones ucranianas recién constituidas absorban la acometida rusa, inflijan severas pérdidas y desgasten gradualmente al dispositivo atacante.

En última instancia, el problema estratégico de mayor calado para Putin estriba en que el factor tiempo juega en su contra, ya que cada embestida ofensiva insume tropas y pertrechos sin garantizar un resultado decisivo. Ucrania no necesita infligir una derrota absoluta e inmediata a Rusia; únicamente precisa denegar una ruptura el tiempo suficiente para que los desorbitados costes rusos resulten insostenibles. Esto convierte la fijación de plazos del Kremlin en una trampa de alto riesgo, en la medida en que la situación sobre el terreno seguirá deteriorándose mientras aumenta el temor de Putin por su propia supervivencia.


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