En este vídeo se analiza por qué la clase política rusa ha comenzado a exigir el fin de la guerra.
La economía de la Federación de Rusia apenas puede sostener los costes financieros del conflicto a medio plazo, lo que representa una catástrofe inminente en un contexto de creciente presión por parte de las élites y un debilitamiento del control estatal. En la actualidad, incluso los cuadros políticos rusos son conscientes de la gravedad de la situación y urgen a Putin a detener las hostilidades antes de que provoquen el colapso estructural de Rusia.

Recientemente, el diputado de la Duma Estatal rusa, Renat Suleymanov, declaró que es imperativo poner fin al conflicto de inmediato, debido a que la economía nacional no puede mantener el ritmo operativo actual. Asimismo, destacó que el cuarenta por ciento del presupuesto federal se destina ya a las partidas de defensa y seguridad, lo que está desplazando y canibalizando el gasto público ordinario. El gasto militar también está espoleando la inflación, que oficialmente se sitúa en el cinco por ciento, obligando a contracciones drásticas en las partidas presupuestarias civiles. Suleymanov advirtió que, incluso tras el cese de las hostilidades, Rusia se enfrentará a graves problemas para la reintegración de cientos de miles de combatientes desmovilizados que han experimentado niveles extremos de violencia, por lo que el Estado seguirá arrastrando estos costes sociales y financieros mucho después de alcanzar la paz.

Debido a la convergencia de las crisis presupuestarias, la escasez de mano de obra y el deterioro de las infraestructuras, la economía rusa se encuentra al límite de su capacidad para sostener una guerra de esta intensidad. Cabe destacar que las bajas rusas han superado el millón cuatrocientas mil bajas entre muertos y heridos, según datos del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Este factor resulta crítico, ya que durante el presente año Rusia ha sido incapaz de reclutar el volumen de soldados necesarios para compensar sus pérdidas mensuales, lo que implica una reducción neta del tamaño de sus fuerzas armadas. En la retaguardia, el sistema escalonado de defensa antiaérea ruso ya no es capaz de proteger la totalidad de sus infraestructuras críticas, dado que desde principios de año Rusia ha perdido casi doscientos sistemas de defensa aérea. Esto deja a las refinerías y a la infraestructura de exportación clave desprotegidas frente a los ataques ucranianos. Ucrania ha capitalizado esta vulnerabilidad, mermando la capacidad de exportación de Rusia e incluso obligando a Moscú a importar productos petrolíferos refinados. A causa de estas incursiones, los ingresos petroleros de Rusia se están desmoronando, razón por la cual los altos funcionarios rusos advierten de que el ritmo operativo actual es insostenible.

En este escenario, Zelenski envió una carta abierta a Putin, aunque el mensaje real iba dirigido a las élites rusas, exhaustas por la prolongación del conflicto, quienes poseen el capital, las redes de influencia y el acceso institucional necesarios para representar una amenaza real para Putin. La propuesta de un encuentro formaba parte de la estrategia de Kyiv para poner de relieve las vulnerabilidades económicas de Moscú y demostrar que Rusia no es invencible, algo que también se refleja en la aparición de severas críticas por parte de funcionarios del propio régimen. La misiva tenía como objetivo concienciar a la oligarquía y a los altos cargos rusos de que están perdiendo miles de millones de dólares debido a las sanciones y a la incautación de activos, forzándolos a percibir la guerra como una amenaza financiera personal y no meramente como una carga nacional.

Como resultado de los problemas económicos y logísticos derivados del conflicto, Putin está perdiendo de forma gradual el control sobre la narrativa oficial y las expectativas de la élite, aunque no necesariamente el control sobre el aparato estatal. Los funcionarios y los líderes empresariales perciben cada vez más que los acontecimientos se desarrollan al margen de las decisiones del Kremlin, lo que sugiere que este ha perdido la capacidad de definir el rumbo futuro del país, exacerbando la presión interna de las élites. Este cambio de paradigma está impulsado por los crecientes costes de una guerra que inicialmente se proyectó como una campaña relámpago, pero que se ha tornado imposible de ignorar para la sociedad rusa. La élite empresarial rusa exige una mayor previsibilidad macroeconómica, dado que las sanciones occidentales les obligaron a repatriar sus capitales a Rusia, teniendo que presenciar cómo se confiscaban activos privados por valor de cinco billones de rublos en los últimos tres años. Por consiguiente, demandan con urgencia reglas de juego claras, un fortalecimiento de los derechos de propiedad y certidumbre respecto al futuro económico del país, el cual se deteriora de forma acelerada por el conflicto.

Paralelamente, el contrato social informal entre el Estado ruso y la sociedad civil se ha quebrado; anteriormente, el gobierno evitaba interferir en la vida privada de los ciudadanos a cambio de su pasividad política. Hoy en día, ese acuerdo ha sido sustituido por una represión generalizada, la movilización forzosa y un control estatal asfixiante, siendo las severas restricciones en el acceso a internet uno de los ejemplos más evidentes. En consecuencia, el Kremlin se encuentra atrapado en un ciclo autodestructivo: el sistema actual solo podrá perdurar mientras Putin permanezca en el poder, pero cada medida que este adopta para preservarlo y apuntalarlo termina por acelerar su degradación estructural a largo plazo.

En conclusión, las presiones que afronta Rusia ya no se limitan al teatro de operaciones militares, sino que se han extendido profundamente al frente interno. El declive económico, combinado con un descontento al alza entre las élites, genera un efecto de retroalimentación que agrava la posición de Putin. Cuanto más prolongue Putin la guerra, más se convertirá el propio conflicto en la fuerza motriz que debilite a Rusia desde sus propios cimientos.


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