La realidad golpea duramente a Putin. Toda la nación se vuelve contra la guerra, en medio de un millón de bajas, huelgas e inflación.
El liderazgo político y militar ruso enfrenta una desconexión creciente entre la opinión pública y las ambiciones estratégicas. A pesar de las reiteradas garantías de unidad y progreso, la población muestra un cansancio cada vez mayor ante la guerra en curso, lo que tensiona la legitimidad interna del Kremlin. Los planificadores militares se enfrentan a la realidad de que sostener operaciones de desgaste agota tanto al personal como a los recursos, mientras que los ataques de alta intensidad dentro de Rusia erosionan la confianza en la dirección. La divergencia entre la comunicación oficial y las percepciones privadas se amplía, generando fricciones tanto en las filas civiles como militares. Los analistas advierten que los objetivos originales de Rusia podrían ser inalcanzables en las condiciones actuales, sin embargo, los tomadores de decisiones continúan persiguiendo metas maximalistas. Esta combinación de fatiga social, presión sobre los recursos y estancamiento operativo crea un entorno precario en el que el exceso estratégico corre el riesgo de agravar la inestabilidad interna.

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