Hoy, las noticias más importantes provienen de las líneas del frente ucranianas.
Durante meses, los drones de ataque dominaron el aire sobre las trincheras, donde sobrevivir significaba mantenerse escondido y esperar que el cielo permaneciera despejado. Ahora el cambio se refleja en cómo se maneja esa amenaza, ya que Ucrania despliega equipos dedicados a cazar drones que rastrean e interceptan sistemáticamente los drones enemigos, convirtiendo el cielo del frente en un espacio verdaderamente disputado y protegiendo las operaciones terrestres que se desarrollan debajo.

La guerra con drones a lo largo del frente ha entrado en una nueva fase evolutiva, determinada menos por tecnologías revolucionarias y más por la forma en que las fuerzas se organizan, coordinan y gestionan deliberadamente los sistemas no tripulados en entornos de combate.

Al inicio de la guerra, las fuerzas ucranianas y rusas a menudo usaban drones para derribar drones enemigos de manera improvisada, pero sin un sistema unificado que controlara el espacio aéreo de forma confiable. Esta brecha tenía consecuencias directas en tierra, ya que los periodos de buen tiempo permitían a los drones rusos atacar rutas de suministro ucranianas, dejando a veces a las unidades del frente inmovilizadas sin reabastecimiento cuando el movimiento se volvía demasiado peligroso.

Sin embargo, los desarrollos recientes muestran un cambio hacia tratar el espacio aéreo de baja altitud como una parte gestionada del campo de batalla, donde los drones reciben roles sostenidos en lugar de ser utilizados solo para ataques individuales. En lugar de derribar drones enemigos únicamente cuando surge la oportunidad, unidades dedicadas a drones y operadores especializados tienen la tarea de mantener una presencia continua sobre áreas específicas, vigilando los cielos para proteger a las fuerzas terrestres debajo.

Esta transformación organizativa se evidencia claramente en la aparición de operadores de drones especializados, dedicados exclusivamente a la cobertura aérea y a la detección e intercepción de drones enemigos, en lugar de realizar tareas de ataque terrestre. Los drones de observación se posicionan a lo largo de corredores de aproximación conocidos y sobre posiciones importantes, permitiendo establecer cobertura antes de que las amenazas de drones enemigos se materialicen por completo. Esta vigilancia constante les brinda una alta conciencia situacional, permitiendo que los drones interceptores se posicionen con antelación en lugar de lanzarse en respuestas de emergencia de último momento. Cuando se identifica un dron enemigo, las plataformas interceptoras se guían para un enfrentamiento cercano, neutralizando normalmente el objetivo mediante colisión deliberada o detonación por proximidad, o con escopetas montadas en el interceptor para permitir su reutilización.

La lógica operativa detrás de este sistema refleja la doctrina tradicional de combate aéreo, donde las aeronaves de ataque no operan solas, sino que son protegidas por cazas de escolta encargados de interceptar amenazas antes de que puedan actuar. Esa analogía es importante porque marca un cambio: los drones ya no se usan únicamente como herramientas para atacar activos enemigos, sino que se organizan como una fuerza coordinada diseñada para controlar el espacio aéreo. El mismo principio se aplica ahora a altitudes extremadamente bajas, con drones interceptores no tripulados que actúan como escoltas protectoras para unidades de infantería, vehículos y posiciones defensivas fijas.

Los drones FPV hostiles y las municiones teledirigidas ya no pueden operar libremente, sino que primero deben atravesar una capa de intercepción, aumentando drásticamente sus probabilidades de fallo. Como resultado, el aire sobre el frente pasa de ser una zona de peligro incontestada a un dominio operacional disputado, donde el control del espacio aéreo de baja altitud influye directamente en el movimiento, la supervivencia y los resultados del campo de batalla.

Esto no es solo un ajuste táctico, sino la aparición de una fuerza aérea estructurada de drones, donde el espacio aéreo se defiende, disputa y gestiona activamente en lugar de simplemente soportarlo. Este cambio en el control aéreo de baja altitud transforma la manera en que operan las fuerzas terrestres. Cuando el aire sobre ellas se mantiene despejado de amenazas, las unidades pueden moverse, reabastecerse y rotar con mayor confianza, en lugar de asumir que cada acción corre el riesgo de un dron o de un ataque de artillería dirigido.

Los comandantes ya no planifican bajo incertidumbre permanente, sino considerando niveles esperados de protección aérea, ya que la batalla por el cielo bajo se ha convertido en un nuevo frente en toda Ucrania oriental.

En general, la guerra contradrone ya no se define por ataques descoordinados y constante improvisación o interferencias, ya que el control del espacio aéreo de baja altitud se está convirtiendo en un objetivo operacional deliberado. La introducción de roles dedicados a la intercepción y cobertura de drones demuestra que la protección aérea ahora se considera una necesidad en lugar de una ventaja. Lo que cambia no es la frecuencia con que se usan los drones, sino su propósito, ya que los drones dedicados ahora tienen la tarea de mantener despejado el aire sobre las fuerzas terrestres. A medida que este enfoque se expande, la guerra con drones se vuelve más organizada, con drones luchando por el control del cielo apenas metros por encima del campo de batalla, para que los soldados puedan moverse y operar con mayor seguridad debajo.


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