Tras una serie de reveses en diversos puntos del continente africano, Rusia proyecta ahora su centro de gravedad hacia Madagascar con el objetivo de consolidar una nueva cabeza de puente estratégica en el continente. Moscú expande aceleradamente su influencia sobre el país e incrementa su proyección sobre las vitales rutas de navegación marítima que discurren por la región contigua. La nueva fase de expansión rusa se desencadenó tras los acontecimientos de octubre de 2025, cuando el entonces presidente de Madagascar, Andry Rajoelina, fue destituido en el marco de multitudinarias protestas juveniles —bautizadas como protestas de la Generación Z—, en sintonía con dinámicas similares registradas a escala global. Poco después, Michel Randrianirina, comandante de una unidad militar de élite, asumió la jefatura del Estado. Al acceder al poder, Randrianirina señaló un giro significativo en la política exterior malgache, encaminando gradualmente a la nación hacia una aproximación estratégica con la Federación de Rusia. Este movimiento supuso una ruptura drástica con la orientación del Ejecutivo saliente, toda vez que Madagascar mantenía hasta entonces una estrecha cooperación bilateral con Francia. Moscú capitaliza de forma activa esta reconfiguración política, instando a las nuevas autoridades a mitigar la influencia francesa y occidental en el archipiélago, al tiempo que despliega de forma simultánea su propia presencia estratégica en el territorio nacional.

La ubicación geográfica de Madagascar le otorga un valor geopolítico que trasciende ampliamente su condición insular. Por el canal de Mozambique, situado al oeste de la isla, transita diariamente un volumen masivo de buques de transporte comercial. Estas embarcaciones mueven cantidades sustanciales de hidrocarburos procedentes de Oriente Medio y el África meridional con destino a Europa y Estados Unidos. Tras el conflicto iraní y la subsecuente crisis de seguridad en el estrecho de Bab el-Mandeb y el mar Rojo, el tráfico marítimo que circunnavega el extremo sur del continente africano se ha incrementado en un ciento doce por ciento. En este escenario, el puerto malgache de Diego Suárez, emplazado en la convergencia entre el canal de Mozambique y el océano Índico, ha emergido como un enclave de primordial relevancia estratégica, convirtiéndose en el epicentro de la atención rusa. A este respecto, una delegación rusa inspeccionó las instalaciones portuarias en abril para evaluar la viabilidad técnica de establecer una base naval permanente. El acceso efectivo a esta infraestructura proporcionaría a Moscú una ventaja estratégica determinante en el área del canal de Mozambique. El arsenal ruso dispone de potentes sistemas de misiles antibuque, incluidos los misiles de crucero Kalibr, Oniks y Tsirkon, cuyos radios de acción oscilan entre trescientos y mil kilómetros. Operando desde el puerto de Diego Suárez, la Marina de Guerra rusa estaría en disposición de transformar a los mercantes occidentales y de otras naciones que ingresan al canal desde el Índico en objetivos potenciales, emulando la estrategia de coerción que Irán ejerce en el estrecho de Ormuz mediante ataques con drones Shahed. Ello consolidaría la capacidad de disuasión y el dominio estratégico de Rusia sobre este eje comercial marítimo de vital importancia.

Con el objetivo de garantizar el control sobre este vector de presión global, Rusia ha desplegado efectivos del Afrika Korps, los cuales colaboran ya con el gobierno para asegurar la estabilidad y la seguridad interna. Asimismo, con miras a afianzar sus vínculos institucionales con las autoridades de Antananarivo, Moscú ha suministrado a las fuerzas armadas malgaches vehículos de combate de infantería BMP-3, sistemas de defensa aérea portátiles MANPADS y elevados volúmenes de munición. De forma paralela, instructores del Afrika Korps ruso han iniciado programas de adiestramiento táctico para el personal militar local, con especial énfasis en el empleo de aeronaves no tripuladas en combate. Esta formación genera una progresiva dependencia técnica y doctrinal respecto del armamento ruso dentro del aparato defensivo de Madagascar, garantizando fácticamente la continuidad de la injerencia política de Moscú a largo plazo.

En combinación con la asistencia militar, Rusia procura consolidar su alineamiento político con el gobierno malgache mediante el despliegue de ayuda humanitaria. Recientemente, dos potentes ciclones azotaron Madagascar, provocando graves inundaciones en múltiples núcleos urbanos, destruyendo miles de viviendas y causando un elevado número de víctimas mortales. Frente a las dificultades del ejecutivo local para responder a la catástrofe, la Federación de Rusia intervino mediante la transferencia gratuita de dos helicópteros Mi-8 sin armamento, camiones militares y equipamiento especializado. Si bien Moscú enmarca estas acciones exclusivamente en una iniciativa de carácter humanitario, la comunidad analítica coincide en que el Kremlin instrumentaliza la ayuda y la mejora de su imagen pública entre la población malgache como una fachada para expandir su presencia operativa e influencia militar en la región.

La expansión en Madagascar responde asimismo al marcado interés de Moscú por sus abundantes recursos naturales, entre los que destacan vastos depósitos de níquel, cobalto, tierras raras y oro. Recientemente, la junta gobernante reanudó la concesión de licencias para la explotación de todo tipo de recursos mineros, a excepción del oro. Rusia busca aprovechar esta coyuntura para asentarse como el socio extranjero prioritario del país a cambio de inversiones directas en el sector extractivo, lo que le permitiría instrumentalizar la dependencia económica para extender su control político y asegurar el acceso a materias primas de trascendencia global. En consecuencia, Moscú ha comenzado a ejercer presión sobre el nuevo gobierno malgache con el fin de forzar la cancelación de los contratos de cooperación minera vigentes con empresas occidentales.
El análisis holístico de estas maniobras rusas suscita una honda preocupación a nivel global. Irán, aliado clave de Rusia, mantiene la capacidad de perturbar el tráfico en el estrecho de Ormuz y someter a tensión la cadena mundial de suministro energético. Por su parte, la milicia huthí, actuando como proxy iraní, continúa ejecutando ataques contra la navegación comercial en el mar Rojo, generando una severa inestabilidad en esta arteria marítima. En este contexto, si Rusia logra consolidar un despliegue militar permanente y un dominio estratégico sobre Madagascar, obtendrá la capacidad de ejercer una coerción análoga en la franja occidental del océano Índico. Como resultado, las rutas de comercio marítimo fundamentales entre Oriente y Occidente quedarían expuestas al control directo de Rusia y sus aliados, introduciendo renovados riesgos para el comercio global y la seguridad energética, de forma harto crítica para los países occidentales.

En líneas generales, la dinámica en Madagascar se amolda al patrón observado en Mali, Níger, Libia y Sudán, donde regímenes militares frágiles estrechan lazos con Moscú para garantizar su supervivencia política y la seguridad interna. Sin embargo, tras años de esfuerzos, Rusia aún no ha logrado articular un asentamiento sólido y permanente en dichas naciones. El éxito final de Moscú en territorio malgache dependerá en última instancia de las decisiones que adopte el nuevo Ejecutivo, en un contexto donde el país mantiene una elevada dependencia económica respecto de las potencias occidentales. Si el gobierno de Antananarivo formaliza la cooperación con Rusia mediante acuerdos militares a largo plazo, se expondrá al riesgo inminente de sanciones occidentales, lo que podría desencadenar una severa crisis socioeconómica. Dicho escenario evidencia que la tentativa rusa de institucionalizar su influencia en Madagascar también podría derivar en un fracaso.


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