Hoy llegan noticias de interés desde el frente ucraniano.
Los acontecimientos en el teatro de operaciones demuestran que los drones, a pesar de su papel determinante, no son suficientes por sí solos para alcanzar una dominación plena. Aunque las herramientas de inteligencia artificial parezcan reducir el protagonismo del individuo, resulta evidente que solo los soldados pueden ganar la guerra.

El conflicto en Ucrania se describe frecuentemente como una guerra de drones, pero Arsen Dmytryk, jefe de Estado Mayor del Primer Cuerpo Azov, sostiene que existe un riesgo crítico cuando los mandos planifican operaciones basándose exclusivamente en sistemas no tripulados. Esto deriva en decisiones erróneas sobre la estructura de fuerzas, el adiestramiento y la coordinación en el campo de batalla. Su argumento subraya que la tecnología no sustituye la necesidad de unidades organizadas, logística y soldados capaces de consolidar posiciones y mantener el terreno.

Los drones han transformado el combate al reducir el tiempo entre la detección de un objetivo y el ataque a escasos minutos o incluso segundos, lo que dificulta el movimiento oculto de tropas y encarece el coste de los errores. Este cambio se apoya en avances previos en el intercambio de información, que han permitido a las unidades reaccionar con mayor celeridad, trasladando la toma de decisiones a la primera línea y minimizando los retardos.

En la práctica, esto redefine la función del combatiente, que ahora se centra en la identificación de objetivos, la priorización de amenazas y la coordinación de ataques a partir de información que varía de forma vertiginosa.

No obstante, esta dinámica también revela limitaciones estructurales, ya que los drones de forma aislada no generan potencia de combate. Forman parte de un sistema superior y dependen estrictamente del factor humano: la pericia del operador, el plan del comandante, la capacidad de los ingenieros para mantener el enlace bajo interferencia electrónica y la logística que sustenta dichas operaciones. Si estos elementos humanos son deficientes o carecen de cohesión, los drones pasan a ser herramientas prescindibles en lugar de armas efectivas. En ese escenario, la aceleración de la información no mejora el rendimiento, sino que precipita los errores, al tomarse decisiones con mayor rapidez de la que pueden ser analizadas o coordinadas adecuadamente.

Esto queda de manifiesto en la resolución de los combates: los drones pueden batir objetivos, pero siguen siendo incapaces de asegurar el terreno sin presencia humana. La guerra no se gana únicamente mediante ataques cinéticos, sino mediante el control del territorio, la protección de las rutas de suministro, el relevo de unidades agotadas, el mantenimiento de los sistemas y la toma de decisiones bajo presión constante.

Por ejemplo, una unidad puede localizar y atacar objetivos con rapidez mediante drones, pero si carece de capacidad para avanzar, asegurar posiciones o sostenerse frente a un contraataque, la ventaja se disipa y el frente se vuelve estático. La inmediatez de los datos de reconocimiento y la velocidad de los ataques no resuelven estos problemas, dado que la confianza, la resistencia y la adaptación siguen dependiendo de las personas y no de la tecnología.

Se observa actualmente una redistribución de funciones en el campo de batalla. En ciertos sectores, un número menor de soldados realiza las tareas de mayor exposición cerca de las posiciones enemigas, utilizando drones como exploradores para la corrección de tiro, el suministro de munición y la interceptación de amenazas antes de que alcancen la línea de contacto. Paralelamente, la demanda se desplaza hacia personal cualificado para operar y mantener estos sistemas: pilotos para el control de ataques, ingenieros para proteger las comunicaciones frente a la guerra electrónica, analistas para interpretar datos y mandos para coordinar estos flujos en acciones coherentes. El campo de batalla actual requiere menos efectivos en exposición directa, pero más personal capacitado para gestionar información, mantener sistemas y decidir dentro de una red de combate integrada.

Los mandos ucranianos explican esta realidad mediante analogías históricas en lugar de abstracciones tecnológicas. Remiten a la guerra con pólvora, que solo fue decisiva cuando los Estados fueron capaces de organizar la producción, instruir a grandes fuerzas y asegurar la logística, demostrando que el arma por sí misma era insuficiente sin una estrategia organizativa detrás. Esto ilustra una dinámica constante: la tecnología solo es efectiva cuando cuenta con el respaldo de la organización, el adiestramiento y la coordinación humana.

En conclusión, aquellos ejércitos que traten a los drones y la IA como herramientas dentro de un sistema centrado en el soldado superarán a los que vean la tecnología como un sustituto total del ser humano. Ucrania demuestra que, incluso cuando las máquinas asumen funciones rutinarias, el éxito sigue dependiendo de los soldados capaces de absorber la presión, adaptarse con rapidez y mantener la operatividad de las unidades cuando las condiciones colapsan.

La verdadera competición, por tanto, ya no reside en sistemas de armas individuales, sino en qué ejército es capaz de integrar la tecnología en una efectividad de combate sostenida. La próxima etapa de la guerra se decidirá por la resiliencia organizativa, ya que los soldados del bando que mantenga el aprendizaje, la coordinación y la cohesión bajo estrés serán, en última instancia, los que prevalezcan.


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