Los infantes de marina ucranianos rodean a las unidades de asalto rusas en Myrnohrad y las obligan a rendirse.
La batalla por el eje de Pokrovsk ha entrado en una fase en la que el terreno, el clima y la devastación urbana influyen en los resultados tanto como el número de tropas o la potencia de fuego. Rusia intenta convertir un bombardeo abrumador en una ventaja posicional, apostando a que la fuerza bruta puede compensar el escaso espacio de maniobra y el reconocimiento degradado. Ucrania, por su parte, confía en la flexibilidad, la iniciativa de las pequeñas unidades y la capacidad de explotar incluso breves momentos de visibilidad reducida del enemigo. Ambos bandos entienden que el control de los edificios altos restantes de Myrnohrad determinará si la ciudad se convierte en una fortaleza defensiva o en una trampa de cerco. En este entorno, cada hueco entre los escombros, cada cambio en la niebla y cada pérdida de cobertura de drones puede abrir o cerrar oportunidades en cuestión de minutos. El resultado es un campo de batalla donde las intenciones estratégicas chocan con la realidad caótica de la guerra urbana y donde los errores de cálculo pueden escalar rápidamente hasta convertirse en derrotas locales decisivas.

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