Durante años, Rusia ha buscado establecer una base naval en Port Sudan, pero el proyecto se ha transformado en un fracaso estratégico crecientemente costoso con el paso del tiempo. Desde el inicio de las negociaciones diplomáticas en dos mil veinte, Moscú persiguió una presencia permanente en el mar Rojo encaminada a proyectar su influencia naval hacia el océano Índico.

Sin embargo, el conflicto civil sudanés entre las Fuerzas Armadas de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) ha frustrado sistemáticamente los acuerdos y la planificación de la instalación militar rusa. En este escenario de marcada inestabilidad, la cúpula política sudanesa modificó paulatinamente su postura, alternando entre la ratificación del pacto y la dilación o congelación de los trámites, mientras las severas deficiencias logísticas impidieron a Moscú consumar el despliegue operativo. Paralelamente, los ataques con vectores aéreos no tripulados vinculados a las RSF contra Port Sudan en mayo de dos mil veinticinco erosionaron aún más la viabilidad del proyecto. En consecuencia, la iniciativa permanece paralizada mientras los competidores estratégicos de Rusia consolidan posiciones militares operativas en la región, dejando a Moscú sin un enclave permanente en una coyuntura geopolítica sumamente desfavorable.

En este marco, Yibuti se ha erigido en uno de los espacios más militarizados del planeta, acogiendo infraestructuras estratégicas de Estados Unidos, China, Francia, Italia y Japón orientadas a la fiscalización del golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb. Estados Unidos opera Camp Lemonnier, su instalación militar de mayor envergadura y capacidad operativa en el continente africano, pilar fundamental para operaciones de lucha contra el terrorismo y vector central de su proyección de poder regional. Por su parte, China inauguró en dos mil diecisiete una base naval de gran escala —su primer enclave militar de ultramar—, garantizando así su presencia permanente en el área. Japón estableció su base en dos mil once, destinándola a patrullas marítimas y misiones de lucha contra la piratería para salvaguardar el tráfico comercial a lo largo del corredor del mar Rojo. Francia aprovecha su histórica presencia militar en Yibuti para articular patrullas regionales, programas de adiestramiento y despliegues de reacción rápida en el Cuerno de África y el mar Rojo. Asimismo, Italia mantiene una infraestructura más acotada destinada a respaldar las operaciones de seguridad marítima y antipiratería de la Unión Europea.

Paralelamente, en Somalia, Turquía ha consolidado su posición estratégica mediante una prolongada misión de instrucción militar y su base en Mogadiscio, afianzando su presencia en el flanco occidental del golfo de Adén. De forma simultánea, los Emiratos Árabes Unidos han transformado las infraestructuras portuarias y aeroportuarias de Berbera en un nodo logístico-militar integral, reforzando la instalación con arquitectura fortificada, sistemas de defensa aérea y capacidades para aeronaves no tripuladas, lo que incrementa sustancialmente su valor estratégico. Con la evolución operativa del enclave, Estados Unidos obtuvo acceso a Berbera mediante la facilitación emiratí, empleando la base para misiones de reconocimiento aéreo y apoyo logístico en las inmediaciones del estrecho de Bab el-Mandeb.

La competencia acelerada por conseguir posiciones en el entorno del mar Rojo y Bab el-Mandeb responde a la trascendencia crítica de los estrangulamientos marítimos (chokepoints) y a la manifiesta vulnerabilidad de estos pasajes angostos. La conflagración en Irán evidenció la extrema dependencia de la economía energética global y del comercio de mercancías respecto al estrecho de Ormuz tras su eventual cierre. Del mismo modo, las incursiones de las milicias hutíes en el mar Rojo ratificaron dicha vulnerabilidad al interrumpir de forma directa la navegación comercial en el corredor de Bab el-Mandeb. En efecto, las agresiones contra buques mercantes demostraron la factibilidad de bloquear funcionalmente el paso por Bab el-Mandeb, forzando desvíos y demoras persistentes en las rutas marítimas hasta la fecha. La relevancia estratégica de Bab el-Mandeb resulta tan determinante como la del canal de Suez, al ubicarse en los extremos opuestos del mismo corredor marítimo que conecta el océano Índico con el mar Mediterráneo. Cualquier desestabilización o interrupción en estos angostos pasos genera efectos en cadena sobre Europa, Asia y el Golfo, obligando a circunnavegar el cabo de Buena Esperanza con el consiguiente incremento desmedido en costes y tiempos de tránsito. Por ello, las potencias con aspiraciones globales desarrollan y modernizan plataformas que permitan la monitorización del tráfico comercial en puntos neurálgicos, la disuasión de rivales y una capacidad de respuesta inmediata ante crisis geopolíticas.

En conjunto, el revés ruso en Port Sudan trasciende el mero obstáculo logístico para sus ambiciones en el continente africano; constituye un indicador de rezago estratégico en un momento en que el corredor del mar Rojo se consolida como uno de los espacios marítimos más disputados del planeta. Mientras sus competidores obtienen ventajas decisivas en torno a Bab el-Mandeb, Rusia permanece desprovista de un enclave operacional en Sudán, profundizando su desventaja competitiva a medida que otros actores consolidan sus posiciones a lo largo de la vía marítima. El momento coyuntural amplifica el impacto de esta falla, privando a Moscú de un punto de apoyo permanente en el mar Rojo precisamente cuando los acontecimientos en Ormuz y Bab el-Mandeb demuestran la magnitud de la palanca estratégica que otorgan estos chokepoints marítimos.


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