Ucrania corta el oleoducto de Hungría y Eslovaquia tras el chantaje de Orbán

Feb 28, 2026
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Hoy hay noticias importantes de Ucrania.

En este contexto, el país se vio sometido a un chantaje por parte de Hungría y Eslovaquia para facilitar la compra de crudo ruso, una maniobra que finalmente tuvo consecuencias adversas para estos últimos. Ucrania se negó a ceder y reaccionó con determinación, inhabilitando futuras importaciones de petróleo desde Rusia mediante una operación quirúrgica que sorprendió a ambas naciones.

Drones ucranianos impactaron la estación de bombeo de Kaleikino, uno de los nodos más críticos que alimentan el oleoducto Druzhba, provocando un incendio de grandes proporciones en los tanques de almacenamiento que funcionan como depósitos intermedios para las exportaciones de crudo ruso hacia Europa Central.

La magnitud del incendio, con múltiples explosiones registradas y llamas visibles incluso un día después, causó daños devastadores en esta arteria estratégica. La instalación, situada a más de 1.200 kilómetros de la frontera ucraniana y operada por Transneft, es un componente clave de un sistema de tuberías de 4.000 kilómetros capaz de transportar hasta 1,2 millones de barriles diarios.

El éxito del ataque en Tartaristán provocó una gran conmoción en Hungría y Eslovaquia, dado que el ramal Druzhba era esencial para ambos países. Eran los últimos miembros de la UE que seguían importando crudo ruso a través de este oleoducto; en el caso de Hungría, representaba entre el 80 y el 90 por ciento de su suministro total.

El ataque ucraniano golpeó el núcleo de una dependencia estructural que ambos gobiernos habían intentado preservar, a pesar de los esfuerzos europeos por desvincularse de la energía rusa. El contexto político resulta determinante: en los días previos al ataque, Hungría bloqueó un préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania y vetó el vigésimo paquete de sanciones de la UE contra Rusia, vinculando explícitamente su postura a la supuesta demora en las reparaciones de Druzhba y presionando a Kiev para que permitiera el tránsito. Por su parte, Eslovaquia suspendió el suministro eléctrico de emergencia a Ucrania y, junto con Hungría, detuvo las exportaciones de diésel hacia Kiev, condicionando su reanudación a que Ucrania facilitara el flujo de petróleo ruso.

Esta campaña de presión coordinada buscaba obligar a Ucrania a restablecer el tránsito de crudo ruso, lo cual proporcionaría simultáneamente ingresos a Moscú para sostener su esfuerzo bélico. Las autoridades ucranianas calificaron esta postura como una dependencia patológica de la energía rusa, reflejando una creciente frustración ante lo que consideran un chantaje político bajo la apariencia de una necesidad comercial.

Asimismo, subrayaron que esta acción hostil se produce durante el invierno más riguroso de la guerra hasta la fecha, con la infraestructura energética ucraniana bajo ataques constantes por parte de Rusia y millones de personas enfrentando temperaturas de hasta 20 grados bajo cero sin calefacción ni electricidad.

Al mismo tiempo, los intentos de Hungría y Eslovaquia de asegurar una ruta alternativa para el crudo ruso a través del oleoducto del Adriático fueron rechazados por las autoridades croatas, quienes señalaron explícitamente que la compra continuada de petróleo ruso financia la agresión contra Ucrania. La respuesta de Ucrania, al atacar la infraestructura de bombeo dentro de territorio ruso en lugar de negociar las condiciones de tránsito, envió la señal de que si los flujos energéticos se instrumentalizan políticamente, se convierten en objetivos militares legítimos.

El ataque a Kaleikino desarticuló tanto la infraestructura rusa como la fiabilidad operativa de toda la cadena de exportación, ya que los daños en los grandes depósitos amenazan con una inestabilidad prolongada en el suministro y limitan la capacidad de Rusia para utilizar el oleoducto como herramienta de sabotaje de las políticas de la UE a través de Hungría y Eslovaquia.

Eslovaquia reaccionó con rapidez tras el ataque ucraniano. Slovnaft, la refinería con sede en Bratislava propiedad de una compañía húngara, inició de inmediato la importación de crudo desde Arabia Saudí, Noruega, Kazajistán y Libia, con el pedido de siete buques cisterna para compensar la interrupción del suministro. Este petróleo transitará ahora por el oleoducto croata Adria, lo que representa un alejamiento histórico de la dependencia exclusiva de Druzhba e ilustra la rapidez con la que los cálculos estratégicos pueden cambiar ante una presión real.

Como se puede observar, tras intentar inicialmente chantajear a Ucrania, Eslovaquia finalmente claudicó y comenzó a diversificar sus canales de suministro al enfrentarse a la nueva realidad, reconociendo la fragilidad del acuerdo previo.

Las implicaciones generales son de carácter estructural: tras cuatro años de conflicto, Hungría y Eslovaquia siguen dependiendo del crudo ruso, sosteniendo la capacidad fiscal del Kremlin. Para Ucrania, reanudar el tránsito bajo coacción habría significado facilitar los flujos de ingresos que financian los ataques diarios con misiles y drones contra sus propias ciudades.

Al atacar directamente la infraestructura, Kiev eliminó de manera efectiva el mecanismo de presión que Hungría y Eslovaquia pretendían explotar.

En conjunto, la destrucción del oleoducto Druzhba refleja el cambio continuo en la lógica de la guerra, donde el foco se desplaza del campo de batalla hacia los recursos que permiten funcionar a la maquinaria bélica. Hungría y Eslovaquia intentaron utilizar la dependencia del tránsito como un instrumento de disputa estratégica y presión política, pero Ucrania respondió exponiendo la vulnerabilidad física de dicha dependencia respecto a Rusia. El resultado es una recalibración forzosa de la postura energética en Europa Central y un mensaje claro de que el chantaje en tiempos de guerra conlleva riesgos crecientes para todos los implicados.

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