Los rusos amenazan con una guerra abierta, mientras su barco explota cerca de Finlandia.
La campaña europea de sanciones marítimas contra Rusia ha entrado en una fase en la que la propia aplicación se está convirtiendo en la principal fuente de escalada. Lo que comenzó como un esfuerzo técnico para limitar los ingresos ahora desafía directamente la capacidad de Moscú para proteger sus propias líneas económicas vitales en el mar. La “flota en la sombra” ya no opera en zonas grises legales, sino cada vez más en espacios donde la inspección, la detención y la exposición son riesgos habituales y no excepciones. Este cambio despoja a Rusia de ambigüedad estratégica y fuerza una confrontación no mediante batallas navales, sino a través del derecho, la regulación y una presión persistente. Al carecer de capacidad para contrarrestar físicamente estas medidas, Moscú recurre a la retórica como sustituto de la proyección de poder. En este contexto, la creciente brecha entre amenazas y realidad está redefiniendo cómo se miden el riesgo, la credibilidad y el control en las aguas del norte de Europa.

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