Por primera vez, efectivos del Ejército Nacional Libio, asentado en el este, y del Gobierno de Unidad Nacional, con sede en el oeste, realizaron maniobras conjuntas durante el ejercicio Flintlock 2026, dirigido por Estados Unidos en Sirte. Este acontecimiento reviste una significación estratégica de primer orden, habida cuenta de que ambas facciones constituyeron enconados adversarios durante la guerra civil libia.

Tras el adiestramiento coordinado en Sirte, el Ejército Nacional Libio y el Gobierno de Unidad Nacional continuaron profundizando sus dinámicas de actuación conjunta. La cooperación operacional trascendió con rapidez el ámbito territorial libio al integrarse ambos contingentes en las maniobras Efes 2026 desarrolladas en Turquía. Un total de trescientos treinta y un efectivos del ENL y ciento setenta y uno del GUN participaron en las actividades, desplegándose bajo una única bandera libia. A lo largo del ejercicio, instructores militares turcos impartieron capacitación especializada en desembarcos anfibios, desminado y neutralización de artefactos explosivos improvisados, construcción de fortificaciones de campaña y tácticas de fuerzas especiales. No obstante, Ankara no representa el único actor internacional orientado a propiciar el acercamiento entre los mandos rivales libios. Francia ha presentado asimismo una propuesta para la constitución de un Cuerpo Libio unificado concebido para neutralizar la creciente influencia del Africa Corps ruso en el territorio. A fin de consolidar dicha iniciativa, París ha intensificado sus contactos directos con Jalifa Haftar.

La fractura sistémica entre el Ejército Nacional Libio y el Gobierno de Unidad Nacional se gestó tras el colapso del régimen de Muamar el Gadafi propiciado por la intervención con apoyo de la OTAN en 2011. La disputa por la hegemonía política y el control militar derivó en la articulación de centros de poder paralelos, consolidando la división territorial entre las facciones del este y del oeste. La administración reconocida internacionalmente asumió el control de la franja occidental con respaldo militar de Turquía, mientras que las fuerzas comandadas por Jalifa Haftar aseguraron el dominio de gran parte del oriente libio mediante el apoyo de Rusia. En 2019, Haftar desencadenó una ofensiva militar para la toma de Trípoli, prolongándose las hostilidades hasta 2020. Tras el fracaso del avance operacional y tras meses de negociaciones bilaterales entre delegaciones de ambas partes, se suscribió un acuerdo de alto el fuego ese mismo año. Si bien el armisticio redujo sustancialmente los enfrentamientos a gran escala, no logró resolver las brechas políticas y militares de fondo. Sin embargo, tras años de profunda rivalidad, se constata en la actualidad un curso de distensión en las relaciones bilaterales.

En el contexto estratégico actual, el ENL de la zona oriental y el GUN del oeste avanzan progresivamente hacia una reconciliación política en paralelo a su convergencia operacional. A través de las gestiones de mediación encabezadas por el representante de Estados Unidos, Massad Boulos, ambas partes pactaron en abril la aprobación del primer presupuesto nacional unificado de Libia desde 2013. De manera simultánea, Washington viene respaldando los esfuerzos destinados a conformar un nuevo Consejo Presidencial y articular el marco para la celebración de comicios de ámbito nacional. Asimismo, con el concurso de Estados Unidos, Arabia Saudita y Qatar, Pakistán ha venido elaborando un diseño institucional de reparto de poder proyectado a un plazo de treinta y seis meses. Conforme al esquema propuesto, el primer ministro del Gobierno de Unidad Nacional, Abdul Hamid Dbeibah, mantendría la jefatura de gobierno, mientras que Saddam Haftar, en representación del Ejército Nacional Libio, asumiría la presidencia del Consejo Presidencial.

Moscú ha instrumentalizado de forma prolongada la fragmentación política y militar de Libia, así como el acceso a sus recursos naturales. Desde 2018, el Grupo Wagner, y posteriormente su estructura sucesora, el Africa Corps, ha garantizado cobertura militar y política a las fuerzas de Jalifa Haftar, permitiendo al Kremlin afianzar una notable posición estratégica en el oriente libio. Rusia ha explotado dicha posición para transformar el territorio en un corredor logístico clave para el despliegue de tropas, armamento y pertrechos militares hacia Malí, Burkina Faso, Níger y la República Centroafricana. En consecuencia, una eventual reunificación efectiva entre el este y el oeste mediante la constitución de un ejército nacional único reduciría drásticamente la dependencia estratégica del bando de Haftar respecto del amparo militar ruso. Ello mermaría la capacidad de Moscú para sostener sus bases militares y líneas de abastecimiento en Libia, comprometiendo las bases estructurales de su arquitectura estratégica en el África subsahariana.

En síntesis, la participación simultánea de las dos fuerzas rivales en las maniobras desarrolladas en Sirte e Izmir pone de manifiesto que la histórica brecha militar se está estrechando de forma gradual. Paralelamente, potencias internacionales como Estados Unidos, Turquía, Francia y Pakistán despliegan esfuerzos coordinados para facilitar la reunificación de los bloques oriental y occidental. De consolidarse dicha dinámica cooperativa, se sentarán las bases para un proceso político formal encaminado a dirimir los desacuerdos sobre el reparto del poder y las instituciones estatales, permitiendo en última instancia la configuración de un gobierno legítimo mediante comicios pacíficos. En caso de consumarse este acercamiento, Moscú perderá su enclave de proyección estratégica en Libia, mermando su capacidad de proyección de poder en la franja del Sahel y en el resto del continente africano.


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