Rusia corta Internet para detener los drones, pero la amenaza ya se ha desplazado.
La postura defensiva interna de Rusia frente a los ataques ucranianos de largo alcance está cada vez más definida por medidas que intercambian funcionalidad pública por la ilusión de control. En lugar de interceptar las amenazas en su origen o adaptar las defensas aéreas, las autoridades recurren a herramientas administrativas contundentes que reconfiguran la vida civil en momentos de peligro percibido. Esto refleja una lógica defensiva arraigada en fases anteriores de la guerra, cuando negar la conectividad podía interferir de forma plausible con la coordinación de los ataques. Sin embargo, a medida que los sistemas de ataque evolucionan hacia una mayor autonomía, la eficacia de tales medidas se deteriora rápidamente mientras sus costos sociales y económicos se acumulan. El resultado es una creciente asimetría entre el modo en que opera la amenaza y la forma en que el Estado responde a ella. En este contexto, los acontecimientos en las regiones occidentales de Rusia exponen una doctrina antidrones reactiva, orientada hacia el interior y cada vez más desalineada con la realidad del campo de batalla.

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