Mientras las bombas guiadas rusas de la serie FAB equipadas con módulos de navegación asistida por satélite impactan en objetivos ucranianos, diversos informes de fuentes rusas documentan con creciente frecuencia fallos operativos en dos fases diferenciadas del ataque. Analistas de dicho país afirman que hasta la mitad de estos vectores no llegan a detonar, mientras que otros, a pesar de alcanzar el blanco con precisión, no consiguen neutralizar las posiciones fortificadas. La blogosfera militar prorrusas ha criticado abiertamente ambas deficiencias, reconociendo que el material aéreo con frecuencia no genera el efecto destructivo esperado de municiones de este tonelaje. La aviación rusa responde incrementando la masa de fuego: las variantes modernizadas del Su-34 son capaces de transportar ahora seis municiones planeadoras en lugar de cuatro, combinando cuatro bombas FAB integradas con kits de guiado UMPK y dos municiones guiadas de diseño específico, lo que eleva la capacidad de carga útil por salida en un tercio. De este modo, Rusia escala el volumen de proyectiles lanzados sin resolver los fallos estructurales que permiten a las defensas ucranianas mantener su operatividad.

La causa determinante del bajo rendimiento de estas armas queda en evidencia al desglosar los dos mecanismos de fallo. Las bombas que no detonan impactan ejerciendo una fuerza meramente cinética, sin liberar su carga explosiva principal. Por otra parte, en los vectores que sí detonan, la problemática central reside en el reglaje de las espoletas. Ante estructuras fortificadas y refugios subterráneos, una gran proporción detona por impacto inmediato contra las cubiertas o plantas superiores antes de penetrar hacia las posiciones protegidas inferiores. La onda expansiva se disipa en gran medida en la atmósfera y lejos del objetivo central, mientras que las soleras de hormigón absorben la energía restante antes de que alcance los niveles inferiores o sótanos. El resultado es una incursión que simula una destrucción devastadora en las imágenes aéreas pero deja indemne la infraestructura vital subyacente, reduciendo una potente cabeza de combate a una costosa explosión de superficie.

Para evitar que la estructura absorba la onda de choque antes de que esta alcance el objetivo, la detonación debe producirse en la profundidad del inmueble. Mediante el uso de espoletas de retardo, el proyectil penetraría la cubierta y los forjados de hormigón superiores antes de detonar en las inmediaciones del sótano o de la posición fortificada. Esta configuración concentraría la mayor parte de la energía destructiva en el interior de la edificación, transformando un impacto preciso en una explosión capaz de hacer colapsar las estructuras subterráneas y los techos adyacentes. Puesto que las espoletas reglamentarias ya cuentan con la opción de retardo, las tripulaciones del VKS solo requerirían modificar la configuración antes del despegue, sin necesidad de alterar el cuerpo de la bomba, el kit de guiado o la plataforma aérea.

El hecho de que este ajuste elemental se aplique de forma inconsistente pone de manifiesto deficiencias más profundas en la planificación y en el mando y control del componente aéreo ruso. Comentaristas militares rusos interpretaron el nombramiento del nuevo comandante de las Fuerzas Aeroespaciales como un punto de inflexión para estandarizar los parámetros de las espoletas en las unidades de combate. Asimismo, exigieron una selección de objetivos más rigurosa y la continuidad de las secuencias de ataque hasta verificar la neutralización completa de la meta asignada. Esta inquietud se vio acentuada por episodios en los que se emplearon múltiples bombas de planeo contra un sótano ocupado por un solo combatiente, mientras sistemas militares de mayor valor estratégico continuaban operativos. Esos mismos vectores podrían haber sido asignados a la neutralización de puestos de mando de aeronaves no tripuladas, estaciones de radar o sistemas de defensa antiaérea, generando un efecto operativo sustancialmente mayor en el frente. Sin embargo, la doctrina aplicada prioriza el volumen cuantitativo: las fuerzas rusas han llegado a lanzar más de cinco mil setecientas bombas aéreas guiadas en un solo mes manteniendo inalterados sus procedimientos tácticos. Esto refleja una falla sistémica en la campaña de bombardeo guiado, donde la producción masiva de munición no va acompañada de la planificación, adiestramiento y protocolos necesarios para su empleo eficaz. Como resultado, se ejecuta una campaña aérea con mayor consumo de munición mientras las defensas ucranianas preservan su capacidad operativa.

En conclusión, a menos que el mando de la aviación rusa imponga un control más estricto sobre la designación de objetivos y establezca estándares rigurosos tanto en la preparación de espoletas como en la evaluación de daños en el combate (BDA), la expansión de esta campaña solo incrementará el consumo de material sin traducir ese esfuerzo en un aumento proporcional de objetivos neutralizados. Los mandos rusos deberán subordinar la métrica cuantitativa del número de lanzamientos a la eficacia real de cada ataque. A medida que aumenten las cargas de pago de los vectores y la producción de bombas, cada deficiencia de planificación no resuelta se magnificará a la misma escala, dilapidando munición que podría ser empleada contra objetivos de mayor relevancia estratégica. De mantenerse la línea actual, Rusia ampliará la magnitud visible de su guerra aérea, pero sus resultados tácticos seguirán estando muy por debajo del potencial destructivo de sus sistemas de armas.


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