Hoy, la principal novedad en el plano estratégico procede de Rusia.
Recientemente, en un giro significativo de los acontecimientos, el asesor de política exterior del Kremlin, Yuri Ushakov, afirmó que Europa debería integrarse en las conversaciones entre representantes rusos, ucranianos y estadounidenses, dado que desempeñará un papel determinante en la consecución de un acuerdo que ponga fin a la guerra. Esta declaración resulta imprevista, considerando que, hasta el momento, Moscú había procurado sistemáticamente marginar a los actores europeos de cualquier formato diplomático directo.

Con anterioridad, la diplomacia rusa perseguía consolidar un entendimiento bilateral exclusivo con Washington, al margen de Kiev y de las capitales europeas, proyectando la narrativa de que la resolución del conflicto compete estrictamente al ámbito de las superpotencias, excluyendo la capacidad decisoria de terceros. Este viraje discursivo se produce tras manifestar Rusia su disposición a reactivar contactos trilaterales con emisarios estadounidenses y ucranianos.
## Pese a la reticencia inicial del Kremlin hacia la incorporación de Europa en la mesa negociadora, se ha hecho evidente para el liderazgo ruso que la concurrencia europea resulta indispensable si se pretende articular una salida negociada al conflicto. De forma notable, Europa ha asumido un peso de primer orden en el sostenimiento militar y financiero de Ucrania a raíz de la suspensión total de la asistencia donada por Estados Unidos tras los últimos comicios presidenciales. En consecuencia, Moscú empieza a constatar la ineficacia de un diálogo restringido exclusivamente a Washington mientras Europa mantenga su respaldo sostenido a Kiev.

La causa fundamental radica en que Europa ha desarrollado la capacidad operativa de garantizar la viabilidad del esfuerzo defensivo ucraniano con independencia de la postura de la administración estadounidense. En concreto, los países europeos aportan noventa mil millones de euros en asistencia financiera para sostener el funcionamiento del Estado ucraniano a lo largo del presente ejercicio y en dos mil veintisiete. Asimismo, los socios europeos suministran en la actualidad dos tercios de la inteligencia global que recibe Ucrania, incluyendo cobertura satelital exhaustiva, interceptación de transmisiones y monitorización en tiempo real del despliegue de las fuerzas rusas; registrándose carencias únicamente en la detección temprana orbital de lanzamientos balísticos y en enlaces militares satelitales. Con el propósito de atenuar la dependencia de los suministros de interceptores Patriot, Ucrania codiseña el sistema de defensa antiaérea Freya en cooperación con la industria de defensa europea.

Este sistema se fabricará de manera compartida en Ucrania y territorio europeo, garantizando a Kiev capacidades de intercepción antibalística. Al mismo tiempo, el tejido industrial europeo produce millones de proyectiles de artillería y munición de armas ligeras destinados al frente. De mayor relevancia estratégica resulta el hecho de que diversos países europeos manufacturan drones ucranianos de interceptación, FPV y vectores de ataque de largo alcance, facilitando a Ucrania volúmenes superiores a su propia capacidad fabril nacional y al abrigo del fuego directo de las fuerzas armadas rusas. Adicionalmente, la iniciativa Purl canaliza miles de millones de dólares para la adquisición urgente de defensas antiaéreas y sistemas críticos ante diversos proveedores del sector.

Las capitales europeas asumirían un rol vertebrador en el dispositivo de garantías de seguridad posbélicas, lo que comprendería el despliegue de hasta decenas de miles de efectivos como fuerza de interposición y factor de disuasión creíble frente a Rusia. Por añadidura, se evalúa que los daños infligidos por la guerra en Ucrania ascienden a seiscientos mil millones de dólares, lo que exige una inyección masiva de capital para la reconstrucción tras el cese de hostilidades, cuyos recursos provendrán primordialmente de Europa en el marco de la integración continuada en la Unión Europea. Constatado que Europa ejerce el liderazgo operativo en la financiación y equipamiento militar de Ucrania, Moscú carece de alternativa viable a su inclusión en el marco de negociación.

La motivación rusa para cooptar a Europa en el proceso negociador podría obedecer igualmente a la búsqueda de concesiones de mayor calado que las puramente territoriales o políticas exigidas a Ucrania. La comunidad analítica advierte que Moscú pretendería forzar a la OTAN a contraer su despliegue operativo en el flanco oriental de la Alianza. En este sentido, el objetivo sostenido del presidente Putin ha sido retrotraer la huella militar de la OTAN en Europa a los niveles previos a la ampliación hacia los países del antiguo bloque del Este. Estas exigencias ya fueron formalizadas por Rusia en dos mil veintiuno como antesala de la invasión a gran escala para justificar el inicio de la agresión militar; demandas que fueron rechazadas de plano por la OTAN en su momento y cuya aceptación en la coyuntura presente resulta del todo inverosímil.

En síntesis, la decisión de Moscú de abrir la negociación a Europa constata que la conclusión del conflicto excede el marco de un pacto cupular entre Washington y el Kremlin. Todo arreglo factible debe incorporar a los actores que sufragan la resistencia ucraniana, dotan sus arsenales y definirán la arquitectura de seguridad continental futura. Aunque Moscú busque instrumentalizar las negociaciones para fracturar la cohesión europea, el compromiso sostenido de Europa le confiere poder de influencia y evidencia ante Rusia la inviabilidad de marginar a Kiev o a los gobiernos europeos si existe una voluntad genuina de poner fin a la guerra.


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