La coalición europea amplía el intercambio de inteligencia ante el declive de la hegemonía de EE. UU.
La guerra moderna recompensa cada vez más al bando que ve primero, no al que dispara primero. Para Ucrania, el flujo de inteligencia ya no es una función de apoyo, sino la columna vertebral que determina el tiempo de reacción, la supervivencia de las fuerzas y la protección de los civiles. A medida que la guerra avanza, la dependencia de la inteligencia externa se ha convertido silenciosamente en una de las vulnerabilidades estratégicas más críticas de Kiev. Cualquier interrupción en ese flujo no solo reduciría la efectividad, sino que transformaría fundamentalmente el nivel de riesgo que las fuerzas y ciudades ucranianas deben absorber. Esto sitúa a Europa en una encrucijada, donde asumir una mayor responsabilidad significaría pasar del apoyo político a la relevancia operativa directa. En este contexto, los acontecimientos en torno a Ucrania resaltan una transición en la guerra donde la dominancia de la información, y no solo la potencia de fuego, puede decidir quién controla la escalada y quién reacciona demasiado tarde.

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