A Rusia le quedan cuatro meses para el peor colapso desde la caída de la Unión Soviética.
Rusia está entrando en una fase de la guerra en la que la resistencia económica, y no la iniciativa militar, se está convirtiendo en la principal limitación. La estrategia del Kremlin ha dependido cada vez más de convertir la movilización financiera a corto plazo en estabilidad a largo plazo, un enfoque que solo funciona mientras los flujos de ingresos sigan siendo elásticos. A medida que el gasto bélico se consolida como una estructura presupuestaria permanente, el margen para absorber impactos se reduce rápidamente. Lo que antes funcionaba como amortiguador —ingresos energéticos, fondos de reserva e inyecciones de efectivo puntuales— está perdiendo su capacidad para compensar el desequilibrio estructural. Esto ejerce una presión creciente sobre la arquitectura financiera del Estado, donde el estrés fiscal puede derivar rápidamente en riesgos políticos y sociales. En este contexto, los acontecimientos internos en la Federación Rusa sugieren que la guerra está poniendo a prueba no solo la capacidad en el campo de batalla, sino la sostenibilidad del sistema que la sustenta.

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