Rusia ve cómo sus socios se vuelven unos contra otros y las rivalidades destrozan los BRICS

Jul 4, 2026
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En el presente análisis se examinarán los factores de fragmentación interna que amenazan la cohesión institucional del bloque BRICS.

Durante décadas, el foro de los BRICS se postuló en la arena internacional como una coalición de potencias emergentes orientada a desafiar la hegemonía de las instituciones occidentales y reconfigurar la arquitectura económica global. En la coyuntura actual, la Federación de Rusia observa cómo sus principales socios estratégicos intensifican sus disputas bilaterales en un escenario macroeconómico adverso, mientras la desconfianza recíproca y las rivalidades geopolíticas erosionan la unidad operativa que inicialmente definía al bloque.

La premisa de los BRICS como un bloque geopolítico unificado resulta cada vez más insostenible a medida que sus miembros soberanos persiguen agendas nacionales cuyos intereses estratégicos colisionan de forma directa. La República Popular China e India mantienen disputas fronterizas no resueltas de carácter histórico, al tiempo que compiten de manera abierta por la proyección de influencia en el continente asiático y en la cuenca del Océano Índico. Nueva Delhi ha profundizado de forma sistemática su cooperación de seguridad con los Estados Unidos y otros actores clave de la región del Indo-Pacífico a través de alianzas estratégicas como el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, una iniciativa diplomática interpretada de manera unánime como un mecanismo de contrapeso frente a la expansión regional de Pekín. Por su parte, China preserva una estrecha alianza militar y económica con Pakistán, el principal rival geopolítico de India en el subcontinente. Paralelamente, Moscú ha estrechado sus vínculos energéticos y de defensa con Pekín, intentando mantener simultáneamente sus relaciones históricas con Nueva Delhi, vinculando así a dos miembros de los BRICS que perpetúan su competencia por la hegemonía regional bajo tensiones estructurales de larga data. En lugar de converger hacia directrices multilaterales comunes, los vectores de política exterior nacionales fragmentan a los miembros de los BRICS hacia asociaciones estratégicas divergentes.

En consecuencia, las fricciones geopolíticas en el seno de los BRICS se trasladan inevitablemente a las ambiciones macroeconómicas del foro, dado que los estados miembros operan bajo escalas de producción heterogéneas, lo que genera asimetrías y desequilibrios estructurales profundos en el núcleo del grupo. China concentra actualmente más de la mitad del producto económico combinado de las cinco economías fundacionales de los BRICS, lo que otorga a Pekín un peso financiero y una capacidad de presión significativamente superiores a los de sus socios bilaterales. Rusia se enfrenta al impacto acumulado de los regímenes de sanciones internacionales y a disrupciones severas en sus cadenas de suministro globales tras el inicio del conflicto en Ucrania, mientras que Sudáfrica padece limitaciones infraestructurales crónicas, reflejadas en la crisis de abastecimiento eléctrico vinculada a la disfuncionalidad de la empresa pública de energía Eskom. Brasil también muestra vulnerabilidades internas, habiendo registrado periodos recurrentes de desaceleración del crecimiento y presiones fiscales derivadas de la rigidez de su política económica. Estas divergencias materiales impiden la consolidación de prioridades comunes, puesto que Estados expuestos a realidades macroeconómicas tan dispares difícilmente pueden coordinar una estrategia financiera a largo plazo bajo una misma velocidad de ejecución.

Ante el incremento de las tensiones internas, los BRICS orientaron sus esfuerzos hacia la búsqueda de mecanismos que permitieran mitigar la dependencia de las infraestructuras financieras occidentales y reducir la preeminencia del dólar estadounidense en los flujos del comercio internacional. Entre los proyectos de mayor calado normativo destacó el diseño de un mecanismo de liquidación clearing común o, eventualmente, la creación de un marco monetario compartido para canalizar las transacciones bilaterales. Dicha propuesta adquirió relevancia institucional debido a la urgencia de Moscú por articular canales de pago alternativos frente al aislamiento financiero, y a la estrategia de largo plazo de Pekín orientada a la internacionalización del yuan. No obstante, el proyecto colisionó de inmediato con rigideces estructurales insalvables. La escala de la economía china supera en varias magnitudes a la del resto de los miembros del bloque; India mantiene una postura de extrema cautela ante cualquier arquitectura institucional que pueda consolidar la hegemonía financiera de Pekín, y la marcada heterogeneidad de los sistemas monetarios nacionales dificulta la viabilidad política y económica de una unión monetaria.

Tras las complejidades técnicas asociadas al diseño de una moneda única, el bloque de los BRICS reorientó su estrategia hacia una alternativa de carácter más pragmático, priorizando la arquitectura de pagos sobre la unificación monetaria formal. En lugar de sustituir las divisas soberanas, la iniciativa se concentró en el desarrollo del sistema BRICS Pay, concebido para permitir la liquidación de operaciones comerciales al margen de las redes bancarias tradicionales bajo control occidental. Este enfoque priorizó de manera específica la expansión del comercio denominado en monedas locales y la interconexión directa de los sistemas financieros nacionales. Dicha opción redujo de forma sustancial las exigencias de integración política y las concesiones soberanas en comparación con una moneda común, permitiendo a los Estados miembros preservar el control absoluto sobre sus respectivas políticas monetarias al tiempo que intentaban reducir su vulnerabilidad ante instituciones y sanciones externas.

En la actualidad, sin embargo, los esfuerzos multilaterales se han distanciado de las grandes ambiciones simbólicas iniciales para adoptar un enfoque de avances graduales y menor escala. Si bien el intercambio comercial en monedas nacionales ha experimentado un crecimiento notable, particularmente en el eje bilateral entre Rusia y China, e India ha incrementado el uso de acuerdos de liquidación local en transacciones específicas de su agenda energética, la coordinación macroeconómica en el conjunto del bloque sigue siendo asimétrica e inconexa. Las prioridades estratégicas divergentes continúan condicionando el ritmo de la cooperación: mientras Moscú y Pekín promueven activamente la desvinculación de las redes financieras de Occidente, capitales como Nueva Delhi y Brasilia adoptan una postura más prudente, equilibrando estas iniciativas con la preservación de sus amplias relaciones económicas y comerciales globales. Lejos de constituir un marco económico plenamente integrado, la iniciativa opera hoy como un agregado de esfuerzos paralelos que avanzan a distintas velocidades y con grados dispares de compromiso político.

En términos generales, la evolución de las dinámicas internas de los BRICS evidencia una problemática estructural que trasciende las meras disputas arancelarias o la falta de coordinación macroeconómica. El foro se articuló originalmente bajo la premisa de que el rechazo compartido a determinados elementos del orden internacional vigente bastaría para cohesionar a sus miembros; sin embargo, las rivalidades geopolíticas y las ambiciones competitivas de sus integrantes erosionan desde dentro esos mismos cimientos políticos. Los proyectos económicos diseñados para consolidar al grupo encallan sistemáticamente ante el mismo obstáculo: la cooperación financiera resulta inviable cuando la confianza estratégica mutua continúa deteriorándose de forma progresiva. De persistir estas dinámicas centrífugas, la principal amenaza para la viabilidad a largo plazo de los BRICS no provendrá de factores de presión externos, sino del desgaste endógeno generado por sus propios miembros.

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