Hoy, hay noticias importantes desde Europa.
Aquí, la última serie de detenciones de barcos de la flota fantasma provocó que funcionarios rusos llamaran abiertamente a la guerra contra Europa. Los países de la OTAN tuvieron que decidir cuál sería su próximo paso, mientras las tensiones en el mar alcanzaban niveles más altos que nunca.

Recientemente, un buque de carga, parte de la red que elude sanciones, sufrió una explosión mientras navegaba por el Golfo de Finlandia. El MSC Giada 3, de bandera liberiana, sufrió una detonación en su sala de máquinas al acercarse a San Petersburgo, provocando un incendio que se extendió a la infraestructura de la cubierta. Aunque el casco permaneció intacto y no se reportó contaminación, el barco requirió asistencia de un buque de rescate ruso y un rompehielos antes de ser remolcado al puerto. Los 22 tripulantes no resultaron heridos, pero el episodio se suma a la evidencia creciente de que las operaciones de la flota fantasma son cada vez más riesgosas, expuestas e inestables, subrayando la vulnerabilidad de la logística marítima rusa.

Esta última explosión ocurre mientras la presión legal y regulatoria sobre el transporte vinculado a Rusia sigue aumentando, ya que los estados europeos están estrechando la red de forma incremental, inspección tras inspección, detención tras detención. Bajo el último paquete de sanciones de la UE, alrededor de 40 buques adicionales han sido incluidos en la lista negra, elevando el total de barcos sancionados a 640.


Estas medidas prohíben el acceso a servicios de mantenimiento, seguros y puertos, aumentando de manera constante los costos operativos y los riesgos. Paralelamente, catorce países europeos han declarado conjuntamente que los petroleros que violen las normas internacionales de navegación, como la falta de registro adecuado, seguros o certificados de seguridad, pueden ser considerados apátridas y abordados en el mar. Esta postura coordinada ha convertido al Báltico y al Mar del Norte en zonas cada vez más peligrosas para el paso de la flota fantasma rusa.


Al mismo tiempo, Rusia se encuentra incapaz de detener este proceso por medios legales, ya que muchos buques de la flota fantasma dependen de banderas falsas, documentos falsificados o estructuras de propiedad opacas que se desmoronan bajo inspección. Una vez expuestos, caen directamente dentro del marco del derecho marítimo establecido, permitiendo su detención y abordaje.

Moscú tampoco puede responder con fuerza, ya que su marina carece de barcos, tripulación y alcance geográfico para escoltar un gran número de petroleros a través de múltiples mares. Esta debilidad estructural deja al gobierno ruso con poco más que retórica. A medida que aumenta la frustración, funcionarios de alto nivel como el ministro de Asuntos Exteriores, Lavrov, han intensificado su lenguaje, advirtiendo que cualquier ataque contra Rusia podría provocar una respuesta militar total con todos los medios y guerra abierta, en lugar de una operación militar especial limitada o acciones híbridas, admitiendo curiosamente que Rusia realiza estas últimas. Sin embargo, después de cuatro años de declaraciones sin acción decisiva, ahora está claro para todos que estas palabras solo reflejan ira y pérdida de control, en lugar de una disuasión creíble.

El contraste entre la retórica y la realidad se destacó aún más cuando, a pesar de estas advertencias rusas, las autoridades europeas continuaron actuando. En los Países Bajos, un capitán fue arrestado y multado tras intentar ocultar un puerto de origen ruso falsificando documentos. La carga en sí no estaba sancionada, pero la falsificación fue suficiente para generar sanciones penales, reforzando el mensaje de que las violaciones procedimentales serán castigadas sin importar el tipo de carga.

En Estonia, unidades policiales especiales abordaron y detuvieron un buque portacontenedores que se dirigía a Rusia después de entrar en aguas estonias para repostar. La operación involucró aduanas, unidades navales y despliegue de helicópteros, sin encontrar resistencia por parte de las fuerzas militares o de seguridad rusas, si es que estaban a bordo. Para ser claros, estas acciones se desarrollaron de manera calmada y metódica, a pesar de las continuas amenazas de Moscú.


Rusia necesita sonar peligrosa precisamente porque no puede actuar; la intimidación se ha convertido en el último escudo de la flota fantasma, pero resulta cada vez más ineficaz con cada incautación, ya que los estados occidentales continúan con inspecciones, multas y detenciones sin vacilación.


Cada barco detenido o dañado profundiza la crisis rusa en dos niveles: primero, financieramente, ya que cada interrupción limita los flujos de petróleo y carga críticos para sostener los ingresos del estado bajo sanciones, con 37.2 mil millones de dólares estadounidenses del presupuesto ruso vinculados a la flota fantasma. En segundo lugar, cada inspección realizada sin oposición socava simbólicamente la afirmación de Moscú de ser una superpotencia, al permanecer impotente mientras sus ingresos petroleros se disipan por acción de Europa.


En general, la creciente brecha entre las amenazas rusas y los resultados observables se vuelve imposible de ignorar. Mientras los funcionarios advierten sobre una guerra abierta, las autoridades europeas y Ucrania continúan atacando los mecanismos que mantienen a flote la economía de guerra rusa.

El resultado es una erosión constante tanto de ingresos como de prestigio, un desenlace determinado no por batallas dramáticas en el mar, sino por una aplicación implacable que Rusia es incapaz de detener.


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