Las novedades de mayor calado estratégico en la jornada de hoy proceden de Siria.
Durante más de una década, Siria ha estado condicionada por la guerra, la fragmentación y el profundo arraigo de una influencia militar rusa que antaño parecía imposible de erradicar. Sin embargo, están surgiendo indicios de que esta presencia histórica está siendo cuestionada de tal modo que podría redefinir quién ostenta la autoridad real y la influencia en el nuevo Estado sirio que comienza a configurarse.

El nuevo gobierno sirio ha ordenado la retirada completa de todo el personal y los activos militares rusos de Qamishli. Las fuerzas rusas se establecieron en dicha ubicación en 2019 bajo un acuerdo con las FDS, que en aquel momento controlaban gran parte del noreste del país.

Tras el colapso de las autoridades kurdas en Siria y la integración gradual de sus estructuras autónomas en el nuevo sistema administrativo y militar sirio, el gobierno de Damasco ha procedido a reivindicar su plena autoridad también sobre el aeropuerto. Las unidades rusas ya han comenzado a transferir equipos desde el emplazamiento; algunos convoyes se dirigen hacia el oeste, a la base aérea de Jmeimim, mientras que otros regresan a Rusia para ser desplegados posteriormente en Ucrania.

Aunque este movimiento no representa todavía una expulsión a escala nacional, acelera una tendencia más amplia de declive de la influencia rusa, marcada por la caída de Assad. La presencia de Rusia en Siria estuvo anclada en una red de posiciones que se extendía desde la costa mediterránea hasta la frontera con Irak.

No obstante, desde 2025, el nuevo gobierno sirio ha estrechado el control sobre el puerto de Tartus y otras instalaciones colindantes, reduciendo la autonomía de la que Rusia gozaba anteriormente. Los activos rusos remanentes en Siria se concentran ahora en el oeste, en la base aérea de Jmeimim, que continúa albergando aeronaves rusas, sistemas de defensa antiaérea y un contingente reducido de personal militar.

Estados Unidos está atravesando un proceso paralelo pero de naturaleza distinta. Varias bases estadounidenses en el noreste, incluyendo Al-Tanf y Al-Shaddadi, también están siendo transferidas a las fuerzas del gobierno sirio. Estas incluyen instalaciones utilizadas previamente para apoyar operaciones contra el Estado Islámico y para la coordinación con los antiguos socios kurdos.

Sin embargo, la salida es voluntaria y no forzada, dado que EE. UU. nunca combatió contra el nuevo gobierno sirio ni interfirió cuando el ejército sirio inició su avance sobre los kurdos, antiguos aliados estadounidenses en la lucha contra el Dáesh. Por el contrario, Washington ha dado un giro total a su postura para respaldar un Estado sirio unificado. Como resultado, empresas estadounidenses ya están negociando contratos de desarrollo con el gobierno sirio para la explotación de campos petrolíferos anteriormente controlados por los kurdos.

El contraste entre ambas retiradas es significativo, ya que EE. UU. está llevando a cabo traspasos estructurados que se asemejan a transferencias de responsabilidad negociadas. Esto refleja un cambio del compromiso militar hacia el compromiso económico, mediante el cual Washington garantiza la continuidad del acceso al tiempo que reduce su presencia física.


Los funcionarios sirios también han mantenido canales pragmáticos con Estados Unidos, incluyendo visitas diplomáticas y discusiones sobre la estabilidad regional. Rusia, por el contrario, está siendo desplazada del noreste a medida que su papel como garante de seguridad se ha desvanecido.


Rusia se asocia con la era anterior del conflicto, cuando sostuvo al régimen de Assad mediante asistencia militar y económica directa, ayudando a su supervivencia hasta que finalmente cayó debido a la incapacidad rusa para evitarlo. A medida que la influencia de Moscú disminuye, la nueva Siria está reorientando sus alianzas y reafirmando una mayor autonomía.


Estratégicamente, el nuevo gobierno sirio está expandiendo sus canales diplomáticos mientras consolida sus estructuras de seguridad interna. El gobierno está impulsando nuevos acuerdos que no se limitan a Estados Unidos, incluyendo inversiones significativas en infraestructuras energéticas por parte de Qatar y Turquía, que suman varios miles de millones de dólares.

La Unión Europea ha realizado una transición similar, pasando de una política de aislamiento a un compromiso activo con Siria, comprometiendo un paquete financiero de 620 millones de euros para 2026 y 2027 con el fin de facilitar la inversión privada y la recuperación socioeconómica.

Estos movimientos, junto con una tendencia a la nacionalización de bases militares extranjeras, indican una estrategia integral para estabilizar el Estado y reducir la autonomía militar externa dentro de su territorio. Sigue siendo incierto si esta trayectoria posicionará a Siria como un actor regional de peso o si simplemente restaurará la coherencia interna, dado que emerge de un largo periodo de guerra y fragmentación. La capacidad del país para afrontar las limitaciones económicas, las necesidades de reconstrucción y un entorno regional complejo determinará el alcance de su resurgimiento.

En conjunto, la salida de las fuerzas rusas del noreste y el repliegue coordinado de las unidades estadounidenses ilustran el esfuerzo de Siria por recuperar el control directo sobre su territorio y su arquitectura de seguridad. El gobierno mantiene flexibilidad diplomática, incentivos económicos y consolidación militar para remodelar su entorno estratégico. Estos avances sugieren un Estado que busca recuperar su soberanía tras años de fragmentación y dependencia extranjera. El éxito del resurgimiento sirio dependerá de su capacidad para gestionar las relaciones regionales, reconstruir sus instituciones y mantener la cohesión interna en su transición hacia una nueva fase política.


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